El Madrid tiene de todo. Lo mismo se arranca con un buen juego general, que se gripa un largo rato del segundo periodo y luego cierra la jornada con su descomunal pegada. Por las tres fases pasó ante un Alavés firme primero e inquietante después, que no mereció el reflejo de un marcador tan abultado. Pero Benzema y más tarde los cañones madridistas le dejaron en la cuneta.

No siempre suda como una regadera, pero la dicha de Benzema está muy por encima de las irremediables sospechas que levanta en un sector de la hinchada. Pendular en ocasiones, como tantos y tantos, pero al francés se le perita con microscopio. Se desdeñan con facilidad sus bienaventuranzas. Y son tales, que en siete temporadas y media ya se ha convertido en el décimo goleador histórico del Real Madrid, con 120 goles, uno más que Amancio. Un sietememorable al que desbancó y otro siete eterno al que honró con su espléndida actuación, Juanito, recordado por todo Chamartín a los 25 años de su muerte.

En el sobrecogedor homenaje al extremo de Fuengirola, desde el primer parpadeo Benzema se aupó por encima del buen tono general del Madrid en el primer acto. No hubo compañero al que no diera palique con la pelota. Y no hubo sector del ataque por el que no floreciera. Con el galo como bisagra, el equipo de Zidane se abrió paso en la barricada alavesista. Tarea ardua para cualquiera, como ya comprobaron en la primera vuelta Barcelona y Atlético, víctimas en casa propia ante el buen conjunto articulado por Pellegrino. No hay pavos reales en el grupo, pero todos funcionan como camaradas. En el Bernabéu sintió el peaje que ya sabía desde hace meses. Esas cobardicas cláusulas del miedo le impidieron alistar a Marcos Llorente, al que el Madrid foguea en Vitoria como nuevo Casemiro a la vista. Su baja hizo retocar la alineación del Alavés, con tres centrales y Camarasa más cerca de Manu García. Con todo, el equipo de Pellegrino exigió que el Madrid tirara de fórceps. No hay batalla que dé por perdida algún blanquiazul.

Un contratiempo a los diez minutos alteró los planes de Zidane, que ante los ocho partidos que le esperan al Madrid este mes, algunos crudos, crudos, dio aire a Keylor, Ramos, James y Marcelo. Varane, lesionado desde finales de febrero, se resintió y pidió el relevo. Carvajal, otro a la sombra, tuvo carrete. Para entonces, el Madrid, a hombros de Benzema, ya tenía fluidez. A la causa se sumó Isco, animado desde el inicio, lo contrario que Modric, extrañamente impreciso y aparcado poco después de la hora en beneficio de Kovacic. El Alavés se cerraba mucho mejor de lo que se expandía, más cómodo sin el balón.

A los veinte minutos, el Madrid, con ritmo y soltura, ya había encadenado cuatro remates, todos desde fuera del área y sin que exigieran la intervención de Pacheco. Señal de que la trinchera del Alavés no es de plastilina. Hasta que Benzema, cómo no, se asoció dos veces con Carvajal. A la asistencia del lateral respondió el francés con un zurdazo a la red. Benzema, que ya ha marcado a los 31 adversarios en Liga a los que se ha enfrentado, hubiera merecido otro gol. En el inicio de la jugada estaba en fuera de juego, y en la finalización quizá también CR, en la trayectoria de la pelota. Si Benzema tuvo otro de esos días para despejar malas caras en la grada, también Kiko Casilla tuvo su relevancia. Con Keylor también en la diana, la lupa sobre el portero canterano, decidido en el juego aéreo y sin mal de altura a la hora de actuar lejos de su zona.

Llegado el segundo tramo ya no hubo buenas noticias del Madrid. El equipo se desplomó durante un largo trecho de forma proporcional a la crecida de su rival. Los de Zidane perdieron el hilo, sus líneas se alargaron y perdió de vista el balón. Ya ni Benzema era el mismo Benzema. Sus colegas, extraviados, ni le tenían en el radar. Desconectado el Madrid, el Alavés se soltó en ataque. Deyverson, Edgar y Manu García se quedaron a un dedo del empate. Comenzó el mosqueo entre las gentes que poblaban Chamartín. Zidane se desgañitaba para que Bale retrocediera y equilibrara el medio campo con un 4-4-2. No hubo manera y el técnico echó el lazo a Lucas en detrimento de Benzema. El pagano de costumbre. Lo mismo da su repertorio anterior. Esta vez, el público le despidió con honores.

Con los cambios, el Madrid aplacó al Alavés y se ahorró angustias finales. Máxime cuando Isco acertó con un derechazo en posición muy escorada y Nacho puso el sello final al cazar un rechace del larguero tras un golpeo de falta sensacional de Bale. Despejados los fantasmas, por el Bernabéu todos contentos y con Juanito en el latido general.


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