En su bio de Twitter Evan Henshaw-Plath se define como “anaquista, hacker y creador de problemas”. Una descripción que le enorgullece y hace justicia a su espíritu rebelde (no en vano su nick es @rabble, canalla).

Fijado en su timeline aparece el primer tuit que publicó en su vida. Dice: “just setting up my twttr”, algo así como “probando Twitter”. Lo excepcional de esta frase tan profana, tan poco épica para su importancia, es que fue publicada el 21 de marzo de 2006, el mismo día en que Jack Dorsey y Biz Stone, los fundadores oficiales de la famosa red social, publicaron idéntico tuit. La explicación es obvia: Henshaw-Plath estaba presente el día en que nació Twitter, porque como figura en su currículum, por entonces era jefe de tecnología de Odeo, la compañía desarrolladora de la aplicación. Pero antes de que Twitter se convirtiera en el monstruo que hoy es y su valoración en bolsa alcanzara los miles de millones de dólares, Henshaw-Plath decidió abandonar la empresa y vender sus acciones por 7.200 dólares. Con el dinero que obtuvo se compró un viejo coche y recorrió Estados Unidos.

Si hubiera tenido suficiente paciencia, tal vez Henshaw-Plath ahora sería millonario. En cambio está inmerso en ayudar a organizaciones de base a crear redes de resistencia contra las políticas de Donald Trump. Una actividad que tampoco le resulta extraña -la de enfrentarse a presidentes de su país-, puesto que la primera idea de Twitter surgió como un red de comunicacionesa peer to peer basada en texto durante una campaña electoral. Así pues, hay poca gente en el mundo más autorizada que Henshaw-Plath para hablar sobre la forma en que Twitter ha cambiado el “mercado” global de ideas: “es el lugar donde la gente consume las noticias, encuentra información y sigue a los protagonistas las noticias”.

Hoy, algo más de una década después de su nacimiento, la red social se ha convertido en un gigantesco patio de vecinos donde la opinión tiene casi el mismo valor que la información veraz. A pesar de ello, esos 140 caracteres han sido responsables de dimisiones empresariales y escándalos mayúsculos, han provocado el hundimiento de carreras políticas y ayudado a ganar elecciones. La influencia de Twitter en la actualidad es enorme y no deja de resultar paradójico que la herramienta creada por este activista defensor de los derechos sociales y ambientales esté siendo utilizada precisamente por Donald Trump como poderoso altavoz para mostrar su peculiar visión del mundo: “cuando Trump habla de noticias falsas, dice Henshaw-Plath, en realidad se refiere a las noticias con las que no está de acuerdo”. Una fórmula aparentemente sencilla para discernir entre el ruido y lo relevante, entre lo que debe ser tenido en cuenta y lo que hay que poner en el barbecho de la opinión infundada. Explicado de otro modo, lo que Henshaw-Plath viene a decir es que, como con el resto de medios, debe ser el usuario de Twitter quien asuma la responsabilidad de formarse una opinión crítica y dar credibilidad (o no) a cuanto aparece en su timeline.


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